KURT VONNEGUT O LA RAZÓN DESPIERTA

Kurt Vonnegut (Indianápolis, 1922 – Nueva York, 2007) estudiaba Química en la Universidad de Cornell cuando la aviación japonesa atacó Pearl Harbor, deplorable suceso que lo condujo a las filas del ejército norteamericano como soldado voluntario. El enemigo lo atrapó en diciembre de 1944 mientras vagaba buscando a su batallón por los bosques de las Ardenas. Gracias a ello tendría la oportunidad de sobrevivir en el sótano de un matadero a la tormenta de fuego (inútil, aliada y justa) que arrasó Dresde en febrero del 45. Su madre se había suicidado con barbitúricos pocos meses antes. El humor, sin embargo, jamás lo abandonaría, aunque a menudo estuviera teñido con el negro mordaz de la mala leche. «Sólo una persona sacó provecho de aquel bombardeo: yo mismo. He obtenido unos cinco dólares por cada cadáver allí amontonado», declaró en 1990. Vuelto a la patria lo cargaron de medallas (por motivos «grotescos») y estudió Antropología en la Universidad de Chicago, pero su tesis (sobre la improbable conexión de la pintura cubista con las rebeliones indias del XIX) fue abortada debido a la falta de «rigor profesional». El segundo intento (sobre las fluctuaciones entre el bien y el mal en los relatos sencillos) tropezó con la misma piedra. Tanto desaire se remendaría décadas después vía honoris causa. Así es la vida (cuando por fin te canonizan). Tras la abrupta conclusión de su carrera académica fue reportero, relaciones públicas para General Electric y dueño de un catastrófico concesionario de coches entre otros oficios no menos pintorescos. Luego sería uno de los  escritores más grandes de su tiempo. También uno de los más entrañables y queridos. Destacó en todos los terrenos (desde el relato corto al teatro, la autobiografía o el ensayo) e introdujo en todos ellos una vena satírica siempre atemperada por la benevolencia de su mirada. Si novelas como Las sirenas de Titán, Cuna de gato o Galápagos cimentaron su enorme prestigio, Matadero Cinco, la obra que condensa su brutal experiencia bélica, lo elevó a los altares y lo instaló en la memoria de todos. Malpaso ha publicado La cartera del cretino (una recopilación de cuentos póstumos) y Que levante mi mano quien crea en la telequinesis (una antología de discursos).

Se casó dos veces, crio a siete hijos (cuatro de ellos adoptados), se mantuvo bien despierto cuando el sueño de la razón (y la nación) producía monstruos como la guerra vietnamita, arrojó su escepticismo crítico contra todas las supersticiones y beaterías, fue un activo militante de organizaciones que defendían las libertades civiles o enarbolaban el pensamiento humanista frente a los dogmas eclesiásticos (de todas la iglesias)… Estuvo a la altura de sus circunstancias y, además, conservó intacta la risa. «He intentado conducirme como un hombre digno sin esperar recompensas o castigos después de mi muerte», escribió pocos años antes de que una caída en las escaleras de su casa (así es la vida) lo llevara ante el tribunal de un Dios inconcebible. Ignoramos el veredicto de ese juicio, pero sus lectores ya le han concedido la gloria eterna.